martes, 3 de marzo de 2009

Por dos cervezas

Rubén

El agua estaba muy caliente y su cuerpo tibio al haberse levantado muy de mañana. De reojo miró su desnudez en el espejo del baño, se gustaba, se admirada. El agua seguía muy caliente y rica. Deliciosa se esparcía por el cuerpo dando la vitalidad que necesitaba.
La boca con la cepillada diaria ha evitado el mal sabor que provoca el ayuno nocturno.
-¡Qué rico ducharse! Pensaba para sí Rubén mientras culminaba con la higiene matinal y diaria.
-Debo darme prisa- dijo Rubén al mirar el reloj de pared de la sala, cogió la toalla y comenzó a secarse el cuerpo. En un santiamén botó la toalla, se puso desodorante, se perfumó, se vistió: su uniforme impecable, pulcro, no se le veía pelusa alguna; y así se sentía feliz, más aún ordenado, su uniforme lo preparaba diario, previo al día de labores, antes de dormir.
Los zapatos boleados listos para la batalla, juntos como hermanos, sintieron el cuerpo de su dueño y amoldados a dichos pies, formaron entre hombre, uniforme y calzado un solo ser: el empleado de una de las líneas aéreas más famosas.

En esta ciudad transitada a pesar de ser tan temprano, el tráfico y el vaivén de la gente se nota desde mucho antes del amanecer y culmina hasta muy entrada la noche y en ocasiones se prolonga encontrándose uno con el otro, sin saber cuando dejó de ser noche y cuando comenzó el día.

Aunque el tiempo no era un problema, pues Rubén siempre es puntual y previsor, andaba de prisa como empujado por la inercia a al que todos los habitantes de esta ciudad nos movemos en masa. Y junto con ella nos dejamos llevar.
Abordó el colectivo y luego el metro que aunque en ocasiones llega a ser incómodo, también es eficiente. Su hermoso y pulcro y bien planchado uniforme negro se vio enturbiado por una señora que iba al mercado con su hija, que al abordar el tren, la llevaba de la mano, se apresuró a ganar asiento, y la niña llevaba en brazos su muñeca, las cuales denotaban que habían madrugado por fuerza y no les importaba un ápice la pulcritud y el cuidado que su vecino observaba.
Rubén modoso, alcanzó a decir: - ¿puede retirar a la niña un poco? – la niña iba dormitando sobre el costado izquierdo del poseedor del traje negro impecable en el asiento contiguo, y a lo que recibió como respuesta: ¡Huy pus váyase en taxi! Finalmente llegó a la estación donde descendía, pidió permiso para pasar y salió de dicho tren componiéndose el traje y apurándose a llegar a su oficina. Otros compañeros de giro como él hacían lo mismo. Todos indiferentes, uno que otro se cruzaba una mirada, los más cordiales un seco y distante buenos días. Todos presurosos por llegar a cumplir con el turno.

Era día de tianguis, justo el momento de romper la dieta y de probar un antojito mexicano – Toda la semana cuidarse, desayunar cereal, comer verduras y todo siempre a tiempo. Mmm hoy tenía ganas de comer unas quesadillas, unos sopes, hasta unas migas tan deliciosas. Doña Ofelia, la que las preparaba, las preparaba con tanto amor y cuidado, que tal parecía que eran preparadas para cada uno de los comensales que la visitaban cada miércoles.

Nora y Cristina fueron a ver a Rubén: - Mi amor, ya es hora de que nos vayamos a comer – Rubén, estaba en la línea con un cliente, y al escuchar la voz melosa de Nora, sólo alcanzó a hacerles una seña de que lo esperaran, ultimó los detalles de la llamada, colgó y se alistó para salir a comer con sus amigas y compañeras del trabajo.

El tianguis estaba repleto de empleados de las aerolíneas, así como de toda clase de empleados referentes al giro aéreo. Fácilmente se podría distinguir a cada uno de los empleados por su uniforme y saber a qué institución pertenecía, e incluso hasta el rango.
Rubén y sus acompañantes habían degustado las migas; ellas además habían comido unos dulces mexicanos e invitaron a Rubén a que las acompañara a ver ropa en otro de los locales, sin embargo dijo que no, que prefería llegar pronto a la oficina para concluir unos pendientes. Al separarse de ellas, los cinco minutos que hacía del lugar donde comió a su escritorio se fue prolongando hasta donde el mismo Rubén creía sentir los latidos del corazón y hasta las respiraciones de las personas que se encontraban cerca de él. Los minutos se iban ensanchando, y los segundos también, hasta donde creía poderlos, no solo contar, sino asirlos, de manera tangible. Dio una mirada de soslayo y vio a todos sus compañeros comiendo, riendo, comprando, platicando, otros distraídos viendo objetos. Todo era lento que hasta creía poder contar los pasos de cada una de las personas que veía. Dio una mirada hacia el edificio donde laboraba. Sintió que el edificio estaba cerca y distante a la vez. Al dar unos pasos, sintió una rápida y ansiosa corriente de aire. En cuanto parpadeo, una persona con una maestría inusitada le arrebató, con velocidad extraordinaria el teléfono, la cartera y hasta los dulces que llevaba en la mano. Rubén se volvió para mirar a ambos lados. Por un lado la gente yacía como en un aletargamiento, estaba suspendida, detenida; observaban sin observar. Por otro lado el edificio se alejaba y se acercaba sin poderlo evitar. La corriente de aire esta vez se despidió. Él se quedó en la calle, de pie, confundido. Casi hipnotizado cuando un respiro lo volvió a la realidad. El edificio estaba a unos pasos de él, y por el otro lado la gente que antes miró detenida, ahora cobraban movimiento y naturalidad. Algunos sin percatarse de lo ocurrido, otros quizá indiferentes, y unos que sí lo habían visto todo se preguntaban entre sí:
-que lo habían visto y no lo podían creer-
-que uno sale de su casa y no sabe si volverá-
-que todos estamos expuestos-
-que a cualquiera le puede pasar-
Rubén sintió en ese momento un gran vacío, una gran soledad. Todos murmuraban, pero no hubo una persona que se acercara a él para preguntarle si estaba bien o si necesitaba ayuda.
Al llegar a su oficina y queriendo desahogarse les comentó a sus amigas, que no le creyeron – Si apenas lo habían dejado, cómo iba a ser posible – hasta que les pidió unos pesos prestados, habló al banco para reportar el robo de sus tarjetas e hizo una llamada más a al compañía telefónica para bloquear y dar de baja su teléfono celular.

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Octavio

¡Qué lata! Toda la mañana sin un cliente, todos parecían muy listos o muy pobres, pues ya pocos usaban cadenas, relojes, esclavas. Ni quien pudiera dejarse robar. Eso pensaba Octavio que desde hacía cuatro años no encontraba trabajo. Lo habían despedido de la empresa donde laboraba como auxiliar contable. Para despedirlo, le argumentaron mil errores que no cometió, pero que no pudo rebatirlos por falta de información. En la empresa lo etiquetaron como no recontratable: falta de probidad. Salió de ese lugar con la moral hasta el suelo y con el cobro de la quincena y poco a poco lo ahorrado y las quincenas bien administradas y la buena planeación se esfumaron así como llegaron las deudas y el alquiler del departamento donde vivía aumentó, mientras que se empezó poco a poco a deshacer de sus muebles y objetos de valor. Sólo quedaron su cama, unos cuantos trastos y un minicomponente en mal estado. De los trajes y las corbatas ni acordarse.
Un día, hambreado, y en un arranque de ira con la sociedad por haberlo expulsado de su bienestar, cayó sobre un transeúnte, el cual sin más que esperar se quitó los lentes, una esclava, y dinero que poseía y se los dio. El transeúnte a cambio pidió, que no le hiciera daño, y él, el único impulso que tuvo fue de tomar los objetos e irse a paso rápido, siguiendo el camino que llevaba. Su corazón latía a prisa, sudaba, sentía las miradas de todos: de la gente, de Dios, del diablo. No alcanzaba a entender qué había sucedido. Sólo quería reclamar, no asaltar. Lamentaba su mala suerte. Echó un vistazo a la cartera y traía dinero: suficiente para comer a gusto ese día y pagar la renta antes de que le pidieran pidiéndole el cuarto donde ahora vivía.
El ayuno de tres días lo desganaba. Él, que antes era fuerte y robusto, había bajado de peso y este sabor amargo que sentía en la boca, que no se le quitaba por nada, hacía que viviera otro arranque de ira. Sólo se suavizó un poco, por que la noche anterior entró al metro pidiendo una caridad, más ninguno se conmovió más que el pinche jotito que estaba en el último vagón, no sabe si le dio lástima o qué, o ¿le habré gustado? Nel, no soy puñal, je, pero bien amanerado, bien finito, su pielcita como de papel y muy modoso y muy frágil, el muy cabrón me extiende la mano y me da el lunch que no se quiso tragar ese día: una naranja, una manzana, un yogurt y una torta fría, y todavía me dice el muy cabrón: están limpios, no los toqué. Sus ojos expresivos me daban más que sus manos que extendían la bolsa con fruta. ¡Pinche jotito! Estaba bien bonito. En ese momento el reflujo amargo había llegado otra vez a su boca, y no aguantó más. Se levantó, se puso el pantalón, se medio echó agua en el rostro y en los cabellos pegajosos. Tenía una loción que se había robado de un auto cuando en alguna ocasión se lo dieron a guardar, una vez que intentó ser viene-viene. Pero le dio vergüenza, tomó el dinero que había para cambios y la loción y dejó las llaves pegadas en el carro y muy digno se marchó, se aplicó la loción y salió de su cuarto.

Tenía hambre, sed, sueño, angustia, enojo, tristeza, pesar, rabia y de momento vio hacia los edificios de las aerolíneas, afuera de los hangares del aeropuerto. Un transeúnte despistado, caminaba con mucha lentitud y miraba a ambos lados, hacia el tianguis y hacia su edificio. Ese fue el motivo decisivo para que Octavio le tomara inquina, pues iba bien vestido, perfumado, con teléfono móvil y además había comido. Fue caminando hacia él con paso rápido y en un dos por tres le arrebató el teléfono, le quitó la cartera y hasta los dulces que llevaba en la mano, para que se le quitara lo pendejo. Además él no perdía mucho, tenía trabajo y en unos dos o tres días se recuperaría.

Octavio caminó muy propio y dueño de sí. Muy satisfecho y no hubo quien lo detuviera, al contrario le abrían el paso.
Al llegar al final del tianguis, revisó el botín, abrió el teléfono, desprendió el chip y lo tiró al agua sucia, el teléfono estaba cargado y parecía nuevo. Pidió unas quesadillas, sintió sed y se le antojaron dos cervezas, volvió a ver el botín y se percató que traía muy buenas ganancias, y suficiente efectivo, tanto como el que él cobrara cada quincena.
Entró a la cantina pidió dos cervezas y también la botana. ¡Era tiempo de celebrar!

2 comentarios:

Jorge dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jorge dijo...

Wow! Como siempre me sorprendes! Recibe mi cariño y agradecimiento.